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La soledad: buena y mala, todo depende…

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Que levante la mano quien se ha metido al gimnasio, ido a una fiesta donde no conoce a nadie, instalado una aplicación de citas o incluso empezado una relación de pareja para sentir la compañía. Porque, reconozcámoslo: la soledad, cuando no es una elección, puede ser súper desagradable.
Pues para hablar en primera persona, yo también me he visto en esas, y en tardes domingo tomando helado pensando en qué he hecho mal para que no haya nadie en mi casa. Y es que eso es justamente lo que necesitamos hacer.
El 10 de octubre se celebra el Día Mundial de la Salud Mental. Y salud mental no es solo la ausencia de trastornos mentales o diagnósticos es, según el Organización Mundial de la Salud, el estado de bienestar en que la persona se da cuenta de sus propias capacidades, puede hacer frente a las tensiones normales de la vida, puede trabajar productiva y fructíferamente, y es capaz de hacer una contribución a su comunidad. La soledad en este sentido puede ser un tremendo riesgo para nuestro bienestar (mal llamada epidemia del siglo XXI) o puede servirnos para orientar nuestra vida hacia donde necesitamos.

A ver, ¿cómo es esto?

La soledad (como la canción de Laura Pausinni, no como el nombre propio) o la experiencia de sentirse sol@ es una de las vivencias más universales y primarias del ser humano. Consiste en esa sensación displacentera que experimenta una persona producto de no tener los vínculos sociales y afectivos que espera o necesita (Jong-Gierveld, 1987). Es una experiencia completamente subjetiva y difiere del aspecto objetivo “estar sol@” o “vivir sol@”. De hecho, como lo dice cada articulo de investigación que se refiere a este tema, estar sol@ o asilad@ y sentirse sol@ son fenómenos conectados, pero no son lo mismo. El ejemplo más usual es que puedes estar rodeado de gente y sentirte sol@ igual, o puedes vivir solo o no sentirte solo.
Gracias al trabajo de Weiss (1973) la experiencia de soledad se ha caracterizado en dos tipos, soledad emocional y soledad social. La primera relacionada con la intimidad emocional que necesitan las personas y que usualmente es propia de las relaciones de pareja; y la segunda asociada a los contactos sociales con pares o familia. Recientemente, apropósito de la pandemia y las restricciones de contacto físico (mal bautizado como contacto social), se ha iniciado la conversación respecto a la soledad física que seria aquella asociada a tener proximidad corporal con otros (ver, escuchar, tocar a otros presencialmente).
Cuando se analiza la soledad en los estudios a gran escala, se utilizan cuestionarios donde las personas contestan a preguntas como:¿en el último tiempo me he sentido solo, aislado de los demás, con falta de compañía, o no en sintonía con otros? Los estudios nos dicen que esas experiencias cuando son esporádicas o en una etapa específica en la vida pueden, pese a lo desagradable, ser beneficiosas porque movilizan a las personas a conectarse de mejor forma y suplir sus necesidades afectivas y sociales; de eso depende nuestro bienestar, entre otras cosas. Estar conectados socialmente (¡y emocionalmente!) nos protege y mejora nuestra salud (física y mental). Las personas conectadas con su entorno tienen mayor expectativa de vida y se enferman menos, es decir, viven menos años de vida con discapacidad producto de enfermedades (el término formal es AVISA, que significa años de vida vividos sin discapacidad). Es más, la teoría evolutiva de la soledad (Cacioppo & Cacioppo, 2018) ha planteado que constituye un mecanismo que los seres humanos desarrollamos a lo largo de nuestra historia filogenética para asegurar la superviviencia de los individuos ,y por otro lado, de la especie. En el caso de los individuos la soledad es una motivación para generar vínculos de pareja y amistad. En el caso de la especie habría estado a la base de agruparse y finalmente formar sociedades. Uno de los roles de las sociedades que formamos es el apoyo y asistencia mutua.
Sin embargo, hay personas que se sienten solas más frecuentemente que otras, y son estas personas las que se encuentran en riesgo de vivir lo que conocemos como soledad crónica (que definimos como sentirse solo frecuentemente y de manera muy intensa). Es la soledad crónica la que ha atraído la atención de los científicos y medios de comunicación, porque es un riesgo para la salud y reduce la expectativa de vida. En más de una noticia publicada en los últimos años se ha mencionado los resultados de un estudio liderado por Holt-Lunstad en el año 2015 que concluía que la soledad era tan dañina como fumar 15 cigarrillos diarios. Estos datos han llevado a considerar la soledad como una emergencia de salud pública, entre otras cosas, porque la soledad es bastante estable a lo largo de la vida, es decir, alguien que tiende a sentirse solo, será mas vulnerable siempre, por tanto, la promoción y prevención de salud debiera comenzar con ellos.

Pero ¿qué personas están mas en riesgo?

Se cree que las personas mayores son las que se encuentran más vulnerables por los cambios que dicha etapa de la vida implica (como por ejemplo, jubilaciones precarias y el fallecimiento de pares y familiares). No obstante, existen incrementos de los niveles de soledad a lo largo de la vida, alrededor de los 21 años, cerca de los 50 y pasados los 80 (Lee y otros, 2018). Recientemente, algunas investigaciones han revelado que son los adultos jóvenes los que son mas vulnerables y que los niños también expresan sentirse solos (Surkalim y otros, 2022). Pese a la preocupación que generan las personas mayores, la evidencia en tiempos de crisis sanitaria por Covid-19, nos mostró su capacidad, resiliencia y su estabilidad emocional. En una epoca en que todos debimos estar separados fisicamente de otros, las personas mayores utilizaron de mejor manera sus mecánismos para afrontar dificultades. En este sentido, lo que observamos en la poblacion general de pesonas mayores fue un incremento en los niveles de soledad al inicio de las medidas de restricción, para luego volver a sus niveles normales durante el resto de la pandemia (Luchetti y otros, 2020). Ahora, ¿por qué nos seguimos focalizando en las personas mayores? Primero, porque hay que distinguir de que adult@s mayores estamos hablando; tod@s aquellos viviendo con falta de recursos, falta de apoyo, en aislamiento y con multiples problemas de salud si se encuentran muy vulnerables a la soledad. Segundo, porque la soledad, además del posible sufrimiento asociado, cuando es crónica, es un riesgo para deterioro cognitivo y demencia, enfermedades cardiovasculares, fragilidad, y mortalidad (National Academies of Sciences Engineering Medicine, 2020).
Por otro lado, recientemente se publicó un estudio analizando los cambios en los niveles de soledad de los adult@s emergentes (quienes están entrando a la adultez) de distintas épocas (desde el año 70 hasta el 2019) (Buecker y otros, 2021). Otro estudio en relación a esta temática reportó que en Europa se ha observado que la prevalencia de soledad es de alrededor del 14% en los adolescentes, 7% en los adultos jóvenes, 18% en los adultez media y hasta el 10% en la adultez mayor. Hay diferencias grandes entre países, Europa occidental tiene niveles mas altos que Europa oriental, y Estados Unidos es quién va a la cabeza (hay estudios donde se han reportado indicadores de soledad de hasta el 56% de las personas mayores). Mientras tanto, en otros países se ha mantenido igual, ha disminuido o los cambios no han sido significativos. En países como el nuestro no tenemos datos suficientes para observar esto aún.
Qué razones tenemos para estas diferencias?. La teoría integrativa (de Jong-Gierveld y otros, 2012) nos dice que la soledad es causada por una combinación de factores individuales y estructurales (del pais y sociedad), siendo la falta de recursos y la inequidad económica factores relevantes en los niveles de soledad de la población (Victor y otros, 2022; Tapia-Munoz y otros, 2022). Por otro lado, tenemos un mayor numero de personas viviendo solas, mayores niveles de desconfianza en las comunidades e instituciones, y sociedades más individualistas, factores que también han sido indicados como posibles gatilladores, pero que aún necesitan seguir siendo estudiados.

Y entonces qué hacemos?

Contrario a lo que nos dice la lógica, vivir acompañado no es suficiente y estar rodeados de personas, tampoco lo es. Estudios de psicología y neurobiologia social muestran es que necesitamos conexiones significativas con otros. No se trata de ser como Roberto Carlos y tener un millón de amigos, se trata de tener buenos amigos (vínculos). Esto que parece tan simple para muchos, no es tan sencillo para otros. Relaciones nutritivas, de apoyo mutuo requieren esfuerzo compartido: se necesita bidireccionalidad, ser cuidado y cuidar.
Hace unos años atrás John Cacioppo contó en una de sus ultimas entrevistas (falleció el 2018) que se decía que la soledad podia ser contagiosa, porque aumenta a medida que los vinculos entre las personas no están basados en confianza y receptividad. Cuando una persona se siente sola de forma intensa y frecuente sus habilidades sociales se ven alteradas. Cacioppo graficaba esta idea con un ejemplo: si en una diada de personas que son amigas, una se siente sola, es probable que esta comience a rehuir el contacto, o reaccione con desconfianza porque intenta evitar un aumento de la sensación de dolor que que esta distancia le genera (evito por el temor a lo que vaya a pasar conmigo si esta persona se aleja). Por su parte, el amigo que no se siente solo, reacciona negativamente a la falta de contacto o desconfianza, lo que altera el vinculo y en un plazo de algunos años (se ha estimado que cuatro) es posible que estas personas dejen efectivamente de ser amigos. Paulatinamente las personas se van desconectando socialmente y aumenta el problema. Por otro lado, la evidencia muestra que las personas que cohabitan con parejas románticas declaran menores niveles de soledad. Ahora bien, esto solo es cierto si las relaciones románticas son de buena calidad. En un mundo donde ademas los vínculos románticos ya no son necesariamente “para toda la vida”, estamos llamados a adaptarnos, abrirnos a diferentes formas de vínculos, de forma que podamos en todas las circunstancias, mantenernos conectados y nutridos emocionalmente. Finalmente, otro factor a incluir es la pertenencia al grupo. Necesitamos tener roles sociales significativos, es entre otras razones, uno de los problemas que ocurre en la adultez mayor, con el retiro de los espacios laborales y el cese de la crianza las personas pierden sus roles sociales, y por tanto es tarea pendiente reformular nuestro roles sociales para dar cabida a todos los grupos.
Las intervenciones para soledad entonces están siendo enfocadas a ayudarnos a desarrollar habilidades sociales en las personas (Christiansen y otros, 2021), también a generar comunidades mas conectadas e intervenir factores estructurales como las inequidades económicas y sociales. Algunas iniciativas novedosas y que se enfocan en distintos grupos de edades son aquellas que incluyen contactos intergeneracionales. Personas de distintas edades generando lazos y colaborandose mutuamente.
Para cerrar, la conclusion del dia es a entender que la soledad como otros fenómenos son importantes para mantenernos conectados. Intervenciones aparte, es en parte tarea personal dejar de lados los prejuicios y comenzar a reconocer cuando estamos en un momento de nuestra vida en que necesitamos conectarnos mas y mejor. Entonces, arriba esas clases nuevas, el gimnasio, los grupos de desconocidos, y todo aquello que nos permita cerrar la brecha entre lo que tenemos y deseamos en términos de nuestras vidas afectivas y sociales.

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