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¬ŅQui√©n se podr√≠a tragar algo as√≠ de rid√≠culo?: el Big Bang"

Autor
Categoría
Astronomía
Ciencia
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Fecha de Publicación
2017/07/13
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Por¬†Joaqu√≠n Bara√Īao¬†para Etilmercurio
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Joaquín ha expandido el contenido de su libro, Historia Universal Freak_, para presentarlo como un artículo completo en Etilmercurio._
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Imagen de portada: 9 year WMAP image of background cosmic radiation (2012) Créditos: NASA / WMAP Science Team .
De haber preguntado a un europeo letrado del Medioevo por la antig√ľedad del Universo, este hubiese dado una cifra en torno a los cinco mil a√Īos, citando la sucesi√≥n de generaciones b√≠blicas. En 1650, el arzobispo irland√©s James Ussher, tras 20 a√Īos de trabajo, asever√≥ que el Universo hab√≠a sido creado el 23 de octubre del 4004 A.C. Shakespeare puso en boca de uno de sus personajes que ¬ęel miserable mundo tiene casi seis mil a√Īos de edad¬Ľ. Lutero gustaba de redondear la cifra en 4000 A.C. Ni los grandes cient√≠ficos zafaron: Kepler concluy√≥ que el gran d√≠a hab√≠a ocurrido por all√° por 3992 A.C, y Newton hablaba del 4000 A.C. [1, 2, 3 y 4].
Desde el siglo XIX, los cient√≠ficos hicieron gala de un despliegue de creatividad para enfrentarse al desaf√≠o de datar la existencia a trav√©s de m√©todos deductivos. Los ceros comenzaron apilarse uno detr√°s del otro. William Thomson, m√°s conocido como Lord Kelvin y la escala de temperaturas que lleva su nombre, estim√≥ la edad del planeta entre 20 y 400 millones de a√Īos (Ma) [5], calculando el tiempo que le habr√≠a tomado al planeta enfriarse desde aquel infierno de roca fundida originario. Kelvin ignoraba el calor que sigue generando el decaimiento radiactivo. M√°s adelante, estrech√≥ su estimaci√≥n a ¬ęm√°s de 20 y menos de 40 Ma, y posiblemente mucho m√°s cerca de 20 que de 40¬Ľ. En 1892, Simon Newcomb situ√≥ la cifra en 18 Ma, en base al tiempo que tomar√≠a al Sol condensar a su tama√Īo actual desde una nube de gas y polvo (la fusi√≥n nuclear a√ļn no hac√≠a su estreno en el arsenal cient√≠fico). Luego vinieron los 56 Ma que tomar√≠an la fricci√≥n de la mareas en disminuir la velocidad de rotaci√≥n hasta 24 horas (gentileza de George H. Darwin, hijo de Charles) y los 80 a 100 Ma que John Joly concluy√≥ que le hubiese tomado a los oc√©anos acumular aquella colosal cantidad de sal a partir de los r√≠os que en estos desembocan [6] (tan colosal de hecho, que se podr√≠a cubrir toda la superficie terrestre con una capa de sal de 150 metros de espesor [7]).
Andaban muy, pero muy lejos.
Menos de 6 mil a√Īos separar√≠an la Mystery Machine de los dinosaurios de Piedradura. Fuente: DC Comics.
A los catorce a√Īos, Milton Humason dio por terminada su educaci√≥n formal y se lanz√≥ a forjar su vida en la soleada California. En 1911, con 20 a√Īos de edad, fue contratado por los constructores del observatorio del Mount Wilson para cargar los materiales de la obra cerro arriba. Al poco andar, se enamor√≥ de la hija del ingeniero jefe, Helen Dowd. En breve eran ya marido y mujer, muy a pesar de M√≠ster Dowd, quien aspiraba a algo m√°s que una vida de arrieros para su descendencia.
Humason estaba consciente de que encarrilar mulas por las sierras no era oficio de yerno ideal. Consigui√≥ un puesto mejor pagado y socialmente m√°s aceptado como capataz de un rancho en Pasadena, pero extra√Īaba el cielo abierto de Mount Wilson. Con ayuda de su suegro, en 1917 fue contratado como recepcionista del observatorio. Al poco tiempo fue aceptado como asistente de noche, algo del todo inusual para un tipo que ni siquiera hab√≠a terminado la secundaria. Pero el hombre tomaba las mejores im√°genes espectrales de galaxias lejanas, y se transform√≥ en la mano derecha de Edwin Hubble, que por aquel entonces indagaba constelaciones desde las inmediaciones de Hollywood (antes que el √°rea se convirtiera en un antro de contaminaci√≥n lum√≠nica; tanto es as√≠ que, tras el apag√≥n provocado por el terremoto de 1994, cientos llamaron a los n√ļmeros de emergencia para denunciar una amenazante mancha blancuzca en el cielo nocturno: hubo que tranquilizarlos explicando que se trataba de la V√≠a L√°ctea [8]).
Las fotograf√≠as que llegaban a manos de Hubble indicaban una curiosa peculiaridad: los objetos lejanos aparec√≠an m√°s ¬ę‚Äúrojos¬Ľ‚ÄĚ de lo esperado, y exist√≠a proporcionalidad entre su lejan√≠a y el grado de ¬ęcorrimiento hacia el rojo¬Ľ. La longitud de onda de la luz, la propiedad que define su color, era mayor a la esperada porque los objetos se alejaban, y mientras mayor era la distancia a la Tierra mayor era tambi√©n la velocidad a la que esto ocurr√≠a. Lo extra√Īo es que ello se observaba en todas direcciones, por lo que no se pod√≠a atribuir a alguna estrella o galaxia particular de esp√≠ritu viajero.
Hubo que esperar hasta 1927 para que Georges Lema√ģtre, un f√≠sico belga y sacerdote cat√≥lico, tuviese la osad√≠a de proponer que aquello se deb√≠a a que el mism√≠simo universo se estaba expandiendo. La historia del descubrimiento del Big Bang nac√≠a de las im√°genes de ¬ę‚Äúprobablemente el √ļltimo astr√≥nomo altamente exitoso que bas√≥ su carrera en una educaci√≥n de octavo de primaria¬Ľ‚ÄĚ [9 y 10] y del intelecto de un ilustre representante de la Iglesia Cat√≥lica [11], con frecuencia acusada de basti√≥n de resistencia a las revoluciones cient√≠ficas. Y no es claro que haya habido una sola idea tan revolucionaria a lo largo de la historia de la humanidad como que todo el vasto universo comenz√≥ como una part√≠cula infinitamente peque√Īa.
El nombre de Big Bang, sin embargo, no fue acu√Īado por sus descubridores, sino por sus detractores. El astr√≥nomo ingl√©s Fred Hoyle, buscando la expresi√≥n m√°s infantil y menos digna de respeto que se le vino a la mente, lo llam√≥ as√≠ en una transmisi√≥n radial de la BBC en 1949, mientras instru√≠a a la audiencia sobre lo evidentemente inveros√≠mil y desprovisto de sentido de semejante disparate [12 y 13]. El nombre qued√≥ instalado para siempre. Bien lo pudo llamar ¬ęTeor√≠a del Kabuuuum¬Ľ o la ¬ęHip√≥tesis del Katapl√°mmm¬Ľ.
As√≠ las cosas, la estimaci√≥n contempor√°nea del acta de nacimiento del Cosmos es de 13,799 ¬Ī 0,021 miles de Ma. Si decidiera homenajear al Universo contando hasta 13.799.000.000 durante 16 horas diarias, la empresa lte tomar√≠a 1.967 a√Īos. Si el emperador Ner√≥n lo hubiese intentado, reci√©n estar√≠a terminando, y ni pensar la de circos m√°ximos que se hubiera perdido.

Referencias

1.
Matthew HCG, Harrison BH, British Academy, editores. Oxford dictionary of national biography: in association with the British Academy: from the earliest times to the year 2000. Oxford‚ÄĮ; New York: Oxford University Press; 2004. 61 p.
2.
Shakespeare W, Bevington DM. As you like it. Toronto‚ÄĮ; New York: Bantam Books; 1988. 142 p. (A Bantam classic).
3.
Asimov I. Asimov’s biographical encyclopedia of science and technology: the lives and achievements of 1510 great scientists from ancient times to the present chronologically arranged. 2nd rev. ed. Garden City, N.Y: Doubleday; 1982. 941 p.
4.
Stewart I. Mathematics of life. New York, NY: Basic Books; 2011. 358 p.
5.
England P, Molnar P, Richter F. John Perry’s neglected critique of Kelvin’s age for the Earth: A missed opportunity in geodynamics. GSA Today. 2007;17(1):4.
6.
Dalrymple GB. The age of the Earth. Stanford, Calif: Stanford Univ. Press; 1994. 474 p.
7.
Bryson B. A short history of nearly everything. London: Black Swan; 2006.
8.
Achilles M, Elzey DM. Environmental sustainability in transatlantic perspective a multidisciplinary approach. Basingstoke: Palgrave Macmillan; 2013.
9.
Bertotti B, editor. Modern cosmology in retrospect. Cambridge [England]‚ÄĮ; New York: Cambridge University Press; 1990. 426 p.
10.
Sagan C, KCET (Television station‚ÄĮ: Los Angeles C., Carl Sagan Productions, Turner Home Entertainment (Firm). The backbone of night. Place of publication not identified: Turner Home Entertainment; 1989.
11.
Landsberg PT. Seeking ultimates: an intuitive guide to physics. Bristol‚ÄĮ; Philadelphia: Institute of Physics Pub; 2000. 314 p.
12.
Mitton S. Fred Hoyle: a life in science. London: Aurum; 2005. 369 p.
13.
Croswell K. The alchemy of the heavens: searching for meaning in the Milky Way. 1st Anchor Books ed. New York: Anchor Books; 1995. 340 p.