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Qué calor de locos, nena

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Fecha de Publicación
2017/06/20
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Agradecemos los aportes de Alexis Rebolledo en este post
Trump lo ha hecho de nuevo: este 1º de junio de 2017 ha anunciado que Estados Unidos abandona el Acuerdo de París. Y con ello se lleva las esperanzas de que uno de los países que más contamina el mundo con gases de efecto invernadero aporte en la desaceleración del cambio climático.
El acuerdo, para que le quede claro a ciertos candidatos presidenciales, se gestó el año 2015 y tiene como objetivo «reforzar la respuesta mundial a la amenaza del cambio climático, en el contexto del desarrollo sostenible y de los esfuerzos por erradicar la pobreza» (1) para lo cual determina tres acciones concretas:
a) Mantener el aumento de la temperatura media mundial muy por debajo de 2 °C con respecto a los niveles preindustriales, y proseguir los esfuerzos para limitar ese aumento de la temperatura a 1,5 °C con respecto a los niveles preindustriales, reconociendo que ello reduciría considerablemente los riesgos y los efectos del cambio climático.
b) Aumentar la capacidad de adaptación a los efectos adversos del cambio climático y promover la resiliencia al clima y un desarrollo con bajas emisiones de gases de efecto invernadero de un modo que no comprometa la producción de alimentos.
c) Elevar las corrientes financieras a un nivel compatible con una trayectoria que conduzca a un desarrollo resiliente al clima y con bajas emisiones de gases de efecto invernadero.
El presidente norteamericano ha sido un reconocido negacionista del cambio climático. Incluso ha afirmado que sería un invento de los chinos, que el Acuerdo de París es un muy mal acuerdo (de seguro para sus negocios) o que «a mí me eligió la gente de Pittsburg, no la de París» (aunque el mismo alcalde de Pittsburgh dijo que apoyaban el acuerdo de París y que su ciudad votó con una abrumadora mayoría por Hillary Clinton).
Pero démosle por un segundo (sí, sólo un segundo) el beneficio de la duda a Trump. ¿Es cierto que en la Tierra se está produciendo un aumento global de las temperaturas? ¿Es cierto que esto es producto de la actividad humana o se trata de un fenómeno natural? Y, sobre todo, ¿es en verdad algo peligroso o podemos seguir quemando carbón y petróleo hasta que los agotemos, sin preocuparnos porque haga un poquitín más de calor en el mundo?

Vamos imitando a Venus

Empecemos con algo básico: seguramente usted ha visto alguna vez un invernadero. Una especie de casita hecha de vidrio o plástico transparente donde la gente cultiva tomates, espinacas o flores y plantas de climas más cálidos. Si usted ha entrado alguna vez a un invernadero, habrá notado que el ambiente en su interior es notablemente más cálido que en el exterior (y se mantiene así incluso durante la noche). Esto ocurre porque el vidrio o el plástico con el que se fabrica el invernadero es permeable a la radiación solar, pero no tanto a la radiación infrarroja, que es la que emite un cuerpo cuando se calienta. Entonces, el invernadero deja pasar la energía del sol, que calienta el suelo y los vegetales del invernadero. Al calentarse, el suelo emite radiación infrarroja. Pero esta, en lugar de disiparse en el entorno, se queda atrapada.
Ahora imagine algo parecido, pero a escala planetaria.
Hay gases, como el dióxido de carbono (CO2), el metano (CH4), el óxido de nitrógeno (N2O), el hidrógeno (H2) y hasta el vapor de agua (H2O) que producen los mismos efectos que un vidrio en un invernadero: dejan pasar la radiación solar pero bloquean la radiación infrarroja (2) (esta es la explicación sencilla: le recomendamos visitar este sitio web si quiere una descripción más completa del fenómeno).
El efecto invernadero no es algo necesariamente perjudicial para la vida en un planeta: al mantener el calor en la superficie, evita que este se disipe al espacio y se enfríe abruptamente durante la noche (como ocurre con la Luna, un cuerpo que prácticamente no tiene atmósfera). En algunos exoplanetas, el efecto invernadero les permitiría, hipotéticamente, mantenerse habitables (o sea, con temperaturas adecuadas para mantener agua líquida) incluso si orbitan lejos de su estrella, fuera de la zona habitable (3).
El problema ocurre, sin embargo, cuando los gases de efecto invernadero se hacen tan abundantes que la temperatura promedio del planeta aumenta. Algo así le pasó a Venus en el pasado remoto, pero en mala: la cantidad de dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero en su atmósfera es tal que la temperatura de su superficie supera fácilmente los 460 ºC (suficiente calor para fundir el plomo). O sea, Venus es aún más caliente que Mercurio (que está mucho más cerca del Sol).
Por supuesto, ni los vidrios ni los gases son perfectamente impermeables a la radiación infrarroja ni el invernadero o la Tierra están completamente sellados: siempre escapará un poco de radiación infrarroja fuera del invernadero... y de nuestro planeta. Es por eso que este se mantiene cálido y no se transforma en un infierno. Tampoco resulta posible (al menos en el mediano plazo) que la atmósfera de nuestra querida Tierra quede tan saturada de gases de efecto invernadero que se convierta en un nuevo Venus.
Pero no es necesario alcanzar las temperaturas de una fundición para provocar desastres a nivel global.
Desde hace años que la comunidad científica ha estado estudiando los niveles de CO2 en nuestra atmósfera. Analizando muestras geológicas y fósiles se ha podido determinar la concentración de CO2 en la atmósfera a lo largo la historia terrestre. Es así como se ha descubierto que, desde 100 mil años atrás hasta tiempos preindustriales, la concentración de CO2 ha variado desde unas 180 ppm («partes por millón») a 280 ppm aproximadamente. En la actualidad, la medición promedio es de más de 400 ppm. No lo decimos nosotros, lo dice la NASA (4); por lo tanto, ESASÍ.
El implacable aumento del dióxido de carbono en la atmósfera. Créditos de la imagen: NASA Global Climate Change.
Como explicábamos previamente, el aumento de la concentración de CO2 aumenta el efecto invernadero en nuestro planeta, lo que conduce a un aumento de las temperaturas. Ahora, en un estudio publicado en la revista Nature (5), un equipo científico demostró por primera vez el vínculo entre el aumento de CO2 y el aumento del efecto invernadero en la superficie de la Tierra, no sólo en un laboratorio. Y directamente atribuyen sus hallazgos a las emisiones de combustibles fósiles.
Los científicos observaron cómo el dióxido de carbono perturba el equilibrio energético de la Tierra a través de una medida llamada «forzamiento radiativo». Observaron longitudes de onda de radiación en Alaska y Oklahoma durante el período de 11 años, de 2000 a 2010, y descubrieron que el CO2 es el culpable de un aumento en el forzamiento radiativo en ambas ubicaciones. Se yuxtaponen sus datos con un sistema que rastrea las fuentes de emisión de CO2, determinando así de que gran parte de ella fue causado por la quema de combustibles fósiles.

Un fenómeno «natural»

Algunas personas afirman que este aumento de las concentraciones de CO2 no debería preocuparnos, porque sería algo natural. Las concentraciones de CO2 en la Tierra han fluctuado durante toda su historia, así es que un pequeño aumento en la actualidad quizás sólo sea parte de este ciclo. Y si es natural, debe ser bueno. ¿No?
Lamentamos decirle que ni lo «natural» es necesariamente amigable con la vida (si no nos cree, trate de sobrevivir 5 segundos en Venus), ni el aumento de CO2 en la atmósfera terrestre es producto de un ciclo terrestre normal.
Un análisis de los datos de temperatura desde el año 1500 prácticamente descarta la posibilidad de que el calentamiento global en la era industrial sea sólo una fluctuación natural del clima de la Tierra, de acuerdo a un estudio (6) de Shaun Lovejoy. El trabajo de Lovejoy (buen nombre para actor porno) representa un nuevo enfoque a la cuestión de si el calentamiento global en la era industrial ha sido causado en gran medida por la quema de combustibles fósiles. En lugar de utilizar modelos informáticos complejos para estimar los efectos de las emisiones de gases de efecto invernadero, Lovejoy examinó los datos históricos para evaluar la hipótesis que compite: que el calentamiento en el último siglo se debe a las variaciones naturales a largo plazo de la temperatura y no a la acción humana.
«Este estudio será un duro golpe para los restantes negadores del cambio climático. Sus dos argumentos más convincentes —que el calentamiento es de origen natural y que los modelos informáticos están equivocados— directa o indirectamente, entran en contradicción con este análisis, o simplemente no se aplican a él» (7), dijo el autor.
El estudio aplica la metodología estadística para determinar la probabilidad de que el calentamiento global desde 1880 a la fecha se debe a la variabilidad natural. Su conclusión: la hipótesis del calentamiento natural puede descartarse «con un nivel de confianza del 99% y, lo más probable, mayor que 99,9%» (7).
El gráfico a) expresa la reconstrucción de la actividad volcánica durante el período 500-2000 AC. Los otros tres son simulaciones con parámetros estadísticos idénticos. El hecho de que la reconstrucción sea casi indistinguible de los modelos apoya que la hipótesis de que la actividad volcánica en el período fue constante. En el gráfico b) se muestran las fluctuaciones de las reconstrucciones para distintos bloques de períodos (en verde oscuro entre el 500 y 2000, y en verde con línea punteada entre 1880 y 2000), mientras las otras líneas expresan los límites de las desviaciones en cada modelo. En el gráfico c) se muestran las fluctuaciones en reconstrucciones de radiación proveniente de la actividad volcánica y solar (dos modelos solares). Se puede ver que las fluctuaciones solares industriales y preindustriales son casi las mismas, en contraste con la amplitud de las fluctuaciones volcánicas que han disminuido. Todo esto quiere decir que la actividad volcánica como la solar pueden ser consideradas estacionarias y no hay nada inusual en las estadísticas de la época que vivimos (6). ¿En simple? Ni la actividad volcánica ni la solar pueden explicar el inusual aumento de la temperatura ni de la concentración de CO2 en la atmósfera que hemos detectado en la actualidad.
Para evaluar la variabilidad natural, este estudio utiliza las «reconstrucciones multi-proxy de clima», desarrolladas por científicos en los últimos años para estimar las temperaturas históricas, así como las técnicas de análisis de la fluctuación de la geofísica no lineales. Las reconstrucciones climáticas tienen en cuenta una serie de indicadores que se encuentran en la naturaleza, como los anillos de los árboles, testigos de hielos y sedimentos de lagos. Las técnicas de análisis de fluctuación permiten comprender las variaciones de temperatura con amplios rangos de escalas de tiempo.
Si bien este estudio no utiliza complejos modelamientos matemáticos para estimar la magnitud del futuro cambio climático, las conclusiones de Lovejoy se complementan perfectamente con las del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC).
Su estudio predice que la duplicación de los niveles de CO2 en la atmósfera provocaría un aumento de la temperatura global de entre 2,5 y 4,2 ºC. De hecho, desde 1880 el aumento de la temperatura media del planeta ha sido enorme: alrededor de 0,9 ºC. Nótese además que estas mediciones se toman a partir de una fecha posterior al fin de la llamada «Pequeña Edad de Hielo» (que finalizó por la década de 1860).
Insistiremos en esto: el estudio de Lovejoy demuestra que las probabilidades de que estas fluctuaciones se deban a factores naturales son menos de uno en cien y, probablemente, son menos de una en mil.

Reacción en cadena

Uno de los problemas de andar metiendo mano en el clima es que los efectos que esto puede acarrear una serie de consecuencias muy difíciles de prever.
De hecho, un grupo científico ha demostrado que el aumento global de las temperaturas puede incrementar indirectamente la cantidad de gas de efecto invernadero emitido por los océanos (8). Lo que hicieron fue estudiar muestras de un núcleo de sedimento de 26.000 años de edad tomadas desde el Golfo de California para averiguar cómo el océano ha cambiado con el tiempo su emisión de CO2 atmosférico. Hicieron seguimiento a la abundancia de silicio y hierro en los fósiles de organismos marinos diminutos, conocidos como plancton, en el núcleo del sedimento. El plancton absorbe el CO2 de la atmósfera en la superficie del océano y puede encerrar grandes cantidades de carbono.
La investigación demostró que los períodos en que el silicio era menos abundante en las aguas del océano se correspondían con climas relativamente cálidos, con bajos niveles de hierro atmosférico, y una reducción de la absorción de CO2 por el plancton de los océanos. Ya se sospechaba que el hierro tiene un papel en la absorción del CO2 por parte del plancton; sin embargo, este último estudio demostró que la falta de hierro en la superficie del océano puede limitar el efecto de otros elementos clave para ayudar a que el plancton absorba carbono.
Este efecto se magnifica en los mares del sur y ecuatorial del Pacífico y en las zonas costeras, que juegan un papel crucial para influir en los niveles de CO2 de la atmósfera global.
Salude a las diatomeas, un tipo de fitoplancton marino, vistas a través de un barrido de microscopio electrónico (8). Crédito de la imagen: Universidad de Edimburgo.
Los investigadores de la Universidad de Edimburgo dicen que sus hallazgos son los primeros en señalar la compleja relación entre el hierro y otros elementos marinos clave involucrados en la regulación de CO2 atmosférico por los océanos (8). Sus hallazgos fueron verificados con un cómputo global de todos los océanos.
Las diatomeas son algas unicelulares, el tipo de fitoplancton más común. Aquí hay otra imagen de estos simpáticos seres marinos vistos por el barrido de un microscopio electrónico (8) y... Oiga, ¿ese no es el símbolo de material radiactivo? Crédito de la imagen: Universidad de Edimburgo.
Laetitia Pichevin, quien dirigió el estudio, dijo que «se sabe que el hierro es un nutriente clave para el plancton», pero que les sorprendió «por las muchas maneras en que el hierro afecta el CO2 emitido por los océanos. Si el calentamiento global hace que los niveles de hierro sean más bajos en la superficie del mar, como ocurrió en el pasado, esta es una mala noticia para el medio ambiente» (9).

Qué significa un aumento de las temperaturas globales

El clima es un sistema complejo. El planeta que conocemos conjuga una cantidad de variables tal que resulta prácticamente imposible determinar cómo se afectan unas a otras: concentración de CO2 en la atmósfera, temperatura, corrientes marinas, cantidad de plancton y algas marinas, microorganismos patógenos, superficie cubierta por nieves y glaciares, salinidad del mar, cantidad y densidad de bosques, volumen de lagos y mares interiores, sólo por nombrar algunas.
Lo habitual es que escuchemos que un aumento de la temperatura global podría alterar la periodicidad y la intensidad de las lluvias y nieves o aumentar el nivel de los mares. Pero lo cierto es que estos efectos dependen de una gran cantidad de factores que interactúan en numerosos niveles. Además, resulta muy difícil calcular la cantidad de gases de efecto invernadero que se liberarán a la atmósfera en las próximas décadas, especialmente cuando esto depende muchas veces de decisiones políticas y económicas imposibles de prever (10).
Más aún: hay investigadores preocupados porque no parece haber conciencia sobre lo crítico de la situación (11). Cuando se habla de limitar el alza de la temperatura global a 2 ºC (idealmente 1,5 ºC) por sobre los niveles preindustriales, no parece algo tan terrible: 2 ºC de diferencia son apenas perceptibles por una persona común. Lo que no tenemos en cuenta es que estamos hablando de la temperatura global promedio. La diferencia en determinadas regiones del planeta puede ser mucho mayor: de hecho, la meta de 2 ºC significaría un aumento de 5,5 ºC en la región Ártica (11).
Esta figura muestra el aumento de la temperatura global desde el año 1860 al 2010 (mostrando una correlación directa entre emisiones de CO2 antropogénicas y aumento de la temperatura global) y proyecta los distintos escenarios posibles en base a las metas propuestas (11). La línea roja es el camino que seguiremos en caso de seguir quemando carbón y petróleo como si no hubiese un mañana.
En un mundo 2 ºC más cálido, existe el doble de probabilidades de que haya un evento de temperaturas extremas con respecto a un mundo 1,5 ºC más cálido. Pero estos eventos de temperaturas extremas en un mundo 2 ºC más cálidos serían 5 veces más frecuentes que hoy en día, y 27 veces más frecuentes que en los tiempos preindustriales. Asimismo, los patrones de precipitaciones se vuelven mucho más inciertos, y los eventos de precipitación extrema aumentan en un 45% con respecto a tiempos preindustriales en un mundo 1,5 ºC más cálido (65% en un mundo 2 ºC más cálido). Es más: estos cambios en los ciclos del agua serían experimentados aproximadamente por la mitad de la población mundial (12).
Muchos de los efectos del calentamiento global ya son visibles, como lo ha documentado, por ejemplo, la National Geographic a través de una espectacular serie de imágenes interactivas.
Retroceso del glaciar Chacaltaya, en Bolivia, desde 1940 a 2007 (13).
El derretimiento de glaciares en la Cordillera de los Andes es un fenómeno muy estudiado y que genera gran preocupación: el 99% de todos los glaciares tropicales del mundo se encuentra en Sudamérica, y actualmente se encuentran en peligro de desaparecer (13). Por desgracia, esto no es un fenómeno aislado: se han reportado grandes retrocesos de glaciares no sólo en los Andes, sino también en Norteamérica, los Alpes y Asia Central (14).
Los glaciares parecen ser muy susceptibles a un alza de temperaturas. Y, como estos suelen ser el origen de muchos cursos fluviales que son usados como fuente de agua potable, la reducción de los glaciares produce escasez de agua para agricultura y consumo humano (13).
Peor aun: el derretimiento de los glaciares aumenta el peligro de inundaciones catastróficas y aluviones (13, 15). Al retroceder, los glaciares generan grandes lagunas en zonas de material fácilmente erosionable. En regiones sísmicas como los Andes o los Himalayas, existe una alta probabilidad de que se desprenda un gran trozo de glaciar o una parte de una ladera montañosa, impactando la laguna y creando enormes olas (de hasta 50 metros de altura) que se propagarían río abajo. El peor desastre documentado de este tipo se registró en 1941, en dos lagunas sobre la ciudad de Huaraz, en Perú: la mitad de la ciudad fue devastada y fallecieron alrededor de 4 mil personas (13).
Otros ambientes muy frágiles son los lagos de altura (16), ubicados en las principales cordilleras. Estos lagos se han estudiado como ambientes «centinelas» del cambio climático (17). En Chile se ha reportado la disminución del volumen del lago Chungará en un 7% en un período de 13 años, situación atribuible a cambios globales (18).
Pero lo cierto es que estos cambios no tienen efectos parejos en todo el mundo: lo más probable es que aumente la disponibilidad de agua en las altas latitudes (así como en regiones afectadas por los monzones de Asia del Sur). Pero también se reducirá la disponibilidad de agua en regiones subtropicales, especialmente en la zona del Mediterráneo (12). Esto ocurriría en ambos escenarios proyectados: en un mundo 1,5 y 2 ºC más cálido.
Los ecosistemas marinos son particularmente sensibles a la acción antropogénica, tanto por el aumento de gases de efecto invernadero como por la desoxigenación y la acidificación de los océanos. Se prevé que en un mundo 2 ºC más cálido, prácticamente la totalidad de los arrecifes de coral estarán en riesgo de una degradación masiva de largo plazo. Un mundo 1,5 ºC más cálido es un poco más benigno para los arrecifes de coral, aunque no deja de ser un escenario desastroso (12).
Los ecosistemas árticos también estarán sometidos a una gran presión a medida que los hielos se vayan derritiendo. Sólo un escenario en el que el incremento de temperatura se mantenga muy por debajo de los 2 ºC evitaría el derretimiento casi total de los hielos árticos en el verano (12).
Muchos de los efectos más desastrosos no serán vividos por las actuales generaciones (como el temido escenario de aumento del nivel del mar en 30 cm a 1,2 m para el año 2100). Los peores efectos se verán en los siglos (o incluso milenios venideros). Y las consecuencias de todo esto para la biodiversidad del planeta pueden ser desastrosas (12, 19 y 20).
¿Puede estos cambios convertir en inhabitables ciertos sectores del planeta? Es probable, pero no podemos afirmarlo con certeza. Lo que resulta evidente es que, como siempre, serán los países subdesarrollados y en vías de desarrollo los que sufrirán en mayor medida las consecuencias del cambio climático, ya que dispondrán de menos recursos (tanto administrativos como financieros) para afrontar las crecientes catástrofes (20).

¿Y qué viene ahora?

Acuerdo de París, emisiones de gases de efecto invernadero, eliminación progresiva de combustibles fósiles, uso mayoritario de energías renovables no convencionales... Todo esto parecen grandes discusiones políticas y económicas en las que las personas comunes —esas cuya mayor decisión del día consiste en escoger entre un almuerzo hipocalórico y un par de completos— no tienen nada que decir.
¿Es eso verdad?
Si bien lo que hacemos y decimos en el día a día no tiene ni una ínfima parte del impacto que tiene una sola palabra de Donald Trump, eso no significa que nuestro papel en esta historia sea irrelevante. De hecho, está lejos de serlo.
Tipos como Donald Trump jamás habrían llegado al poder si no hubiesen sido elegidos por personas parecidas a usted. Hay centrales termoeléctricas que podrían haber sido construidas sin la existencia de grupos ciudadanos que exigen otras formas de generar energía. Los negacionistas del cambio climático serían mucho menos influyentes si tuviésemos más cuidado con la información que difundimos a través de las redes sociales.
Informarse a través de fuentes confiables, mantener el escepticismo cuando nos hablan de grandes conspiraciones globales, chequear datos que nos parezcan sorprendentes con universidades o expertos en un tema debieran ser prácticas comunes antes de emitir un juicio. Recordemos que existe un consenso de un 97% en la comunidad científica de que el calentamiento global es producto de la actividad humana (21). Sobre todo, tengamos claro por quién votamos en las elecciones populares: ¿resulta sensato elegir a políticos que ni siquiera saben de qué se trata el Acuerdo de París?
La buena noticia es que cada vez son más las organizaciones civiles y estatales, e incluso las empresas, que buscan frenar el calentamiento global. El futuro nos pertenece a todos y todas, y especialmente a las futuras generaciones. No permitamos que sea manejado por personas que niegan los hechos y manipulan los datos.

Referencias

1.
United Nations Framework Convention on Climate Change. Acuerdo de París [Internet]. 2015. Disponible en: https://unfccc.int/files/essential_background/convention/application/pdf/spanish_paris_agreement.pdf
2.
Centro Internacional para la Investigación del Fenómeno de El Niño. Efecto Invernadero [Internet]. Disponible en: http://www.ciifen.org/index.php?option=com_content&view=category&id=99&Itemid=132&lang=es
3.
Daniel Marín. Las otras tierras: los mundos desérticos y los planetas con atmósfera de hidrógeno [Internet]. Naukas. 2013. Disponible en: http://danielmarin.naukas.com/2013/05/12/las-otras-tierras-los-mundos-deserticos-y-los-planetas-con-atmosfera-de-hidrogeno/
4.
NASA. Graphic: The relentless rise of carbon dioxide [Internet]. Global Climate Change. Disponible en: https://climate.nasa.gov/climate_resources/24/
5.
Feldman DR, Collins WD, Gero PJ, Torn MS, Mlawer EJ, Shippert TR. Observational determination of surface radiative forcing by CO2 from 2000 to 2010. Nature. 25 de febrero de 2015;519(7543):339–43.
6.
Lovejoy S. Scaling fluctuation analysis and statistical hypothesis testing of anthropogenic warming. Climate Dynamics. mayo de 2014;42(9–10):2339–51.
7.
Marc Montgomery. Global warming: 99% certainty “not natural”. Radio Canadá Internacional [Internet]. abril de 2014; Disponible en: http://www.rcinet.ca/en/2014/04/17/global-warming-99-certainty-not-natural/
8.
Pichevin LE, Ganeshram RS, Geibert W, Thunell R, Hinton R. Silica burial enhanced by iron limitation in oceanic upwelling margins. Nature Geoscience. 8 de junio de 2014;7(7):541–6.
9.
The University of Edinburgh. Warming climate speeds ocean emissions [Internet]. 2014. Disponible en: http://www.ed.ac.uk/news/2014/0606134-oceans
10.
British Geological Survey. Consequences of greenhouse-effect temperature rises [Internet]. Consequences of greenhouse-effect temperature rises. Disponible en: http://www.bgs.ac.uk/discoveringGeology/climateChange/CCS/consequencesOfTemperatureIncrease.html
11.
Seneviratne SI, Donat MG, Pitman AJ, Knutti R, Wilby RL. Allowable CO2 emissions based on regional and impact-related climate targets. Nature. 20 de enero de 2016;529(7587):477–83.
12.
Schleussner C-F, Rogelj J, Schaeffer M, Lissner T, Licker R, Fischer EM, et al. Science and policy characteristics of the Paris Agreement temperature goal. Nature Climate Change. 25 de julio de 2016;6(9):827–35.
13.
Comunidad Andina de Naciones, Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente. Oficina Regional para América Latina y el Caribe. ¿El fin de las cumbres nevadas?: glaciares y cambio climático en la Comunidad Andina = Is it the end of snowy heights? : glaciers and climate change in the Andean Community. 2007;
14.
Casassa G, López P, Pouyaud B, Escobar F. Detection of changes in glacial run-off in alpine basins: examples from North America, the Alps, central Asia and the Andes. Hydrological Processes. 1 de enero de 2009;23(1):31–41.
15.
Dussaillant A, Benito G, Buytaert W, Carling P, Meier C, Espinoza F. Repeated glacial-lake outburst floods in Patagonia: an increasing hazard? Natural Hazards. agosto de 2010;54(2):469–81.
16.
Sommaruga-W?grath S, Koinig KA, Schmidt R, Sommaruga R, Tessadri R, Psenner R. Temperature effects on the acidity of remote alpine lakes. nature. 1 de mayo de 1997;387(6628):64–7.
17.
Adrian R, O’Reilly CM, Zagarese H, et al. Lakes as sentinels of climate change.Limnology and oceanography. 2009;54(6):2283-2297.
18.
Dorador C, Pardo R, Vila I. Variaciones temporales de parámetros físicos, químicos y biológicos de un lago de altura: el caso del lago Chungará. Revista chilena de historia natural [Internet]. marzo de 2003 [citado 20 de junio de 2017];76(1). Disponible en: http://www.scielo.cl/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0716-078X2003000100002&lng=en&nrm=iso&tlng=en
19.
NASA. The consequences of climate change [Internet]. Global Climate Change. Disponible en: https://climate.nasa.gov/effects/
20.
European Comission. Climate change consequences [Internet]. Climate Action. 2017. Disponible en: https://ec.europa.eu/clima/change/consequences_en
21.
Cook J, Nuccitelli D, Green S A, Richardson M, Winkler B, Painting R, Way R, Jacobs P and Skuce A. Quantifying the consensus on anthropogenic global warming in the scientific literature. IOP Science, Environment Research Letters 8 024024 (2013). Disponible en: http://iopscience.iop.org/article/10.1088/1748-9326/8/2/024024