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La met√°fora de la guerra en un mundo microbiano

Autor
Categoría
Biología
Ciencia
Salud P√ļblica
Fecha de Publicación
2020/05/21
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Los seres vivos perciben el entorno de distintas maneras e intensidad. Los perros tienen una vista mediocre y perciben los colores de una forma distinta al ser humano, pero pueden ver en condiciones de baja iluminación y semioscuridad y tienen un oído y un sentido del olfato muy agudos. Los cóndores tienen un increíble sentido de la vista y del olfato, que les permite ver y oler comida potencial desde grandes alturas. Las aves, peces, anfibios y reptiles pueden ver en el espectro ultravioleta, algo imposible para el ser humano, lo que les da la capacidad de percibir colores que ni siquiera podemos imaginar.
Los seres humanos, en cambio, tenemos un juego de sentidos bien del mont√≥n: ninguno de ellos est√° muy desarrollado, pero parecemos sentir predilecci√≥n por nuestra visi√≥n, al punto que hemos creado variadas met√°foras y refranes sobre la percepci√≥n que se sostienen con la vista (¬ęlo esencial es invisible a los ojos¬Ľ, ¬ętodo entra por la vista¬Ľ, ¬ęno juzgues un libro por su portada¬Ľ, ¬ęver para creer¬Ľ, ¬ęel amor es ciego¬Ľ, ¬ęlos ojos son el reflejo del alma¬Ľ, ¬ętener visi√≥n de futuro¬Ľ y un largu√≠simo etc.). Nuestros ojos perciben la luz reflejada o emitida por los cuerpos y nuestro cerebro la interpreta como im√°genes. El cielo es azul y en la noche hay estrellas. Es por esto que nuestra construcci√≥n del mundo visible recae inevitablemente en lo que nuestros ojos ven (y nuestro coraz√≥n no siente).
La curiosidad humana no acepta restricciones, sobre todo cuando existen las condiciones adecuadas para desarrollarla. Somos vagabundos, decía Carl Sagan, exploradores natos preguntándonos siempre qué habrá más allá de esa colina, de ese mar, de la negrura del espacio; preguntándonos de qué estará hecha la materia, qué habrá en el mundo de lo infinitesimal.
Fijemos la vista en cualquier objeto, concentr√©monos en un punto: veremos detalles que nunca hab√≠amos visto, que nos har√°n preguntarnos qu√© forma tiene una mota de polvo, el canto de un papel o un copo de nieve. As√≠, con la curiosidad de averiguar qu√© se escond√≠a en el mundo de lo peque√Ī√≠simo, en el siglo XVII Antonie van Leeuwenhoek invent√≥ el microscopio, lo que lo llev√≥ a descubrir en 1657 ¬ępeque√Īas criaturas en el agua de lluvia¬Ľ. Van Leeuwenhoek se puso a observar distintas muestras bajo su microscopio y describi√≥ por primera vez a las bacterias y protistas (1), descubriendo as√≠ que, dondequiera que estuviera, se encontraba rodeado de peque√Īos organismos. ¬°Existen seres vivos invisibles! ¬°Nunca estamos realmente solos! ūü§Į
Ilustraciones de bacterias de la boca realizadas por Antonie van Leeuwenhoek, 1683/1684

Muerte y Desolación

Las pandemias han sido episodios recurrentes en la historia de la humanidad: simplemente nos hab√≠amos olvidado de ellas. La plaga de Justiniano, por ejemplo, se remonta al siglo VI dC y caus√≥ la muerte de casi el 40% de la poblaci√≥n de Constantinopla: se calcula que hubo cuatro millones de muertes en todo el Imperio Bizantino (2, 3, 4). En este tiempo no se conoc√≠a qu√© causaba la muerte de las personas ni c√≥mo pod√≠a expandirse la enfermedad, por lo que se elaboraron teor√≠as que ten√≠an que ver con ¬ęemanaciones pustulentas¬Ľ.
La peste negra, originada entre 1348 y 1350, transmitida por pulgas de ratas causó estragos en las poblaciones humanas de Europa y Asia, donde se calcula provocó la muerte de unos 15 a 23,5 millones de europeos, es decir, entre una cuarta parte y un tercio de la población total del continente (aunque hay autores que sugieren una mortandad incluso mayor) (4) .
Posteriormente, otra plaga similar comenzó en 1850 y se dispersó a casi todo el mundo. Gracias al avance técnico y estudio del ADN ancestral, se conoce actualmente que la causante de aquellas tres plagas fue una bacteria, Yersinia pestis que específicamente causa inflamación en el sistema linfático (peste bubónica) y, que al afectar tanto la sangre como los pulmones, puede derivar en septicemia o neumonía (2, 3).
Hasta antes de conocer a la causante de esas pestes, la muerte era invisible. Los experimentos claves para vincular enfermedad con microorganismos los realiz√≥ Robert Koch, cuando empez√≥ a cultivar bacterias desde personas o animales enfermos en el laboratorio para luego ‚Äėinocular‚Äô dichas bacterias en animales sanos. Su trabajo fue crucial para determinar el origen de la tuberculosis y otras enfermedades, as√≠ como el posterior desarrollo de vacunas y antibi√≥ticos espec√≠ficos. Como la historia tiene muchos recovecos, ha quedado en el olvido el rol de Angelina Fanny Elishemius (Fanny Hesse), quien era esposa del ayudante de Robert Koch e invent√≥ la solidificaci√≥n de los medios de cultivo con agar, lo cual fue muy importante para el aislamiento de bacterias.
El triunfo de la muerte, Pieter Bruegel (1562-1563). La metáfora de los ejércitos de esqueletos destruyendo el mundo de los vivos es muy poco sutil.
Los microorganismos empezaron a tomarse el protagonismo. Lamentablemente, la mayor parte del tiempo lo han hecho como villanos y enemigos.

Biodiversidad microbiana

El descubrimiento de estos seres vivos invisibles despertó la curiosidad de muchos científicos y no solo en el área de la salud humana: muy pronto se descubrió que los microorganismos cumplen funciones esenciales en la transformación de elementos químicos del planeta (los ciclos biogeoquímicos). Por ejemplo, la fijación de nitrógeno desde la atmósfera (uno de los principales nutrientes para el crecimiento vegetal) la hacen bacterias. A las bacterias y otros microorganismos también debemos agradecerles que haya oxígeno en la atmósfera y que los cuerpos se degraden al morir.
En 1907, la revista Zig-Zag public√≥ una rese√Īa sobre la importancia de los microorganismos en la vida: ¬ęMuy pocas personas reconocen que la tierra que pisamos es un todo un mundo densamente poblado, principalmente en las capas superiores, de criaturas infinitamente peque√Īas cuyo desarrollo y desagregaci√≥n contribuyen mucho a proveer al hombre y al animal de lo indispensable para conservar la vida¬Ľ.
¬ŅQu√© tan peque√Īa es una bacteria? Bueno, imag√≠nese un punto hecho por un l√°piz Bic en una hoja. Luego divida ese punto en mil partes: una de esas partes ser√≠a del tama√Īo de una bacteria.
Al ser tan, pero tan peque√Īas, las bacterias tienen alt√≠simas posibilidades de crecer y expandirse. Por eso, no sorprende que sean los organismos m√°s abundantes y diversos del planeta. Eso genera problemas para estudiarlos: hay limitaciones humanas (no hay suficientes personas ni recursos en el √°rea de la microbiolog√≠a para investigar un n√ļmero y diversidad tan grande de organismos) y tecnol√≥gicas.
Al menos, esa √ļltima limitaci√≥n se ha reducido: desde la d√©cada del 2010, gracias al desarrollo de nuevas tecnolog√≠as de secuenciaci√≥n de ADN se ha facilitado notablemente la detecci√≥n de microorganismos. Y as√≠ pudimos descubrir que estos bichitos microsc√≥picos se encuentran, literalmente, en todas partes: en todo objeto, en cualquier ecosistema, en cualquier rinc√≥n de la Tierra. Bueno, hay una excepci√≥n: en ciertos sectores de las aguas de Dallol, en Etiop√≠a, no crece nada (5) ‚ÄĒaunque hay algunas controversias (6)‚ÄĒ.
Evolutivamente, todas las especies del planeta provienen de un antepasado microbiano. La gran Lynn Margulis en el a√Īo 1967 fue capaz de inferir este evento y postular la teor√≠a de la endosimbiosis (7). Ahora sabemos con certeza que los eucariontes (humanos, plantas, tard√≠grados) provienen de la simbiosis de una c√©lula de bacteria con una arquea.
Como est√°n en todas partes, tampoco es sorpresa que sean ¬ęparte¬Ľ de otros organismos. El planeta es microbiano y lo que nuestros ojos ven es la manifestaci√≥n a gran escala de una construcci√≥n celular que, al final de cuentas, es una majamama interconectada y en equilibrio (las especies) de c√©lulas bacterianas, arqueanas y eucariontes y ‚ÄĒ¬°por supuesto!‚ÄĒ el hilo invisible que arma y desarma el ADN y el ARN: los virus.
Un virus gigante. Mimivirus chilensis, descubierto en las costas de Chile.

¬ŅC√≥mo entender lo invisible?

Entonces, si los microorganismos son parte de nuestra construcci√≥n humana (desde antes de nacer), ¬Ņpor qu√© les tememos?
Una peque√Īa parte de los microorganismos provocan la muerte de otras c√©lulas: las ¬ęinfectan¬Ľ y matan. No existen m√°s. Y si la infecci√≥n es a gran escala, todo el organismo puede morir, ya sea producto de la infecci√≥n misma o por consecuencias colaterales. Incluso si es la primera vez que nuestro cuerpo se enfrenta a un virus o bacteria pat√≥geno (que causa una enfermedad), nuestro sistema inmune no estar√° preparado para detenerlo: eso nos afecta de forma individual y poblacional, como ocurre ahora con la pandemia de Covid-19 y otras pandemias hist√≥ricas causadas tanto por virus como bacterias y par√°sitos.
Las pandemias tambi√©n afectan a otras especies. De hecho, las pandemias que afectan a especies de consumo humano han sido bien estudiadas y reportadas, aunque siempre pueden existir otras que a√ļn no conocemos. El hongo Batrachochytrium dendrobatidis se ha extendido por el mundo afectando a distintas especies de anfibios, lo que ha llevado a la extinci√≥n a algunas poblaciones locales (8). ¬ŅPodemos decir por ello que los anfibios est√°n ¬ęen guerra¬Ľ con el hongo? Probablemente, no.
Los humanos hemos humanizado el planeta. Cultivamos vegetales para comer, engordamos aves para las cazuelas, cortamos bosque nativo para lápices grafito y madera aglomerada. Tratamos la naturaleza como una simple proveedora de bienes. Nos comportamos como si el mundo nos perteneciera. Y cualquiera que diga lo contrario es considerado un enemigo del bienestar y la prosperidad. El problema es que este enfoque utilitarista sobre el mundo y la naturaleza se basa en una pobre comprensión de las relaciones entre seres vivos, clima y ecosistemas: alterar de forma sostenida, masiva y prolongada estas relaciones puede traer consecuencias catastróficas para los seres vivos y ecosistemas del planeta, e incluso para la civilización humana.
De forma an√°loga, si no comprendemos las relaciones naturales que existen entre nuestro cuerpo con los microorganismos, puede que no nos vaya bien pensando que tenemos una ¬ęguerra¬Ľ con enemigos invisibles. Somos humanos, una de las tantas especies que habitan este planeta: sin naturaleza no existimos. Es por ello que es fundamental generar una nueva forma de relacionarnos con nuestro entorno y, en esto, las narrativas juegan un rol crucial.
Our-self portrait: the human microbiome, de Joana Ricou

Las narrativas bélicas nos desnaturalizan

A medida que las fronteras se desdibujan y los l√≠mites entre naciones son cada vez m√°s ilusorios y nominales, la comunidad global, adem√°s de favorecer el intercambio cultural y el enriquecimiento consecuente, tambi√©n facilita que animales, plantas, virus y bacterias puedan ¬ęviajar¬Ľ r√°pidamente conforme lo hacemos tambi√©n los seres humanos.
El control de la propagaci√≥n de microorganismos nocivos para la salud de las personas, a trav√©s de pol√≠ticas nacionales e internacionales, con frecuencia asumen met√°foras militares de ¬ęguerra contra¬Ľ y de bioseguridad. As√≠ es como se estableci√≥ la ¬ęguerra contra las plagas¬Ľ en los a√Īos 1960, la ¬ęguerra contra el c√°ncer¬Ľ en los a√Īos 1970 (narrativa que se mantiene adherida con fuerza a la patolog√≠a hasta el d√≠a de hoy) y la ¬ęguerra contra el SIDA¬Ľ en los a√Īos 1990 (9).
El descubrimiento de la penicilina en 1928 y su producci√≥n masiva desde 1944 signific√≥ la esperanza (y pr√°cticamente la certeza) de que la humanidad hab√≠a logrado conquistar el mundo de las bacterias y, por ende, hab√≠a ¬ęganado¬Ľ la ¬ęguerra¬Ľ contra las enfermedades infectocontagiosas.
Sin embargo, la capacidad de las bacterias y otros microorganismos para resistir un antibi√≥tico que alguna vez pudo controlarlos deriv√≥ en la emergencia de infecciones asociadas a contextos m√©dicos, apareciendo las que fueron llamadas superbacterias (algo as√≠ como bacterias con poderes sobrenaturales). La idea de una humanidad libre de enfermedad (ligada tambi√©n a la fantas√≠a de la no muerte) y la ¬ęguerra¬Ľ contra los microorganismos cobr√≥ nuevas fuerzas ante el temor de un futuro en riesgo por el poder de las bacterias y microorganismos (10).
¬ęGracias a la penicilina... √©l regresar√° a casa¬Ľ. Afiche en revista Life, 14 Agosto 1944.
Los cient√≠ficos tienden a desarrollar una tipolog√≠a de lenguaje y terminolog√≠as que les son propias y que a veces permean al lenguaje com√ļn, lo que puede generar confusi√≥n. La precisi√≥n sem√°ntica es fundamental en las ciencias: permite el control de objetos cient√≠ficos de muchas maneras. De hecho, el lenguaje cient√≠fico debe ser tan preciso que se diferencia del habla com√ļn en un aspecto fundamental: para evitar problemas de imprecisiones, pr√°cticamente no utiliza met√°foras.
Sin embargo, los lenguajes no son compartimientos estancados y su intercambio con, por ejemplo, el lenguaje pol√≠tico, ha sido una constante en la historia. El darwinismo en el siglo XIX y XX es un buen ejemplo de este tipo de intercambios entre las narrativas cient√≠ficas y el dominio p√ļblico. Conceptos centrales de la teor√≠a de la evoluci√≥n como la ¬ęsupervivencia del m√°s apto¬Ľ o la ¬ęlucha por la existencia¬Ľ se adoptaron en el lenguaje popular y fueron utilizados como met√°foras tanto dentro como fuera del √°mbito de la ciencia, influyendo a su vez en los los discursos pol√≠ticos de su √©poca (11), a veces incluso para justificar el racismo (12).
Las met√°foras, no obstante, son una herramienta muy √ļtil: favorecen la comprensi√≥n de materias complejas y/o abstractas a trav√©s de estructuras y figuras comunes, que facilitan su entendimiento entre el p√ļblico no especialista en dichas materias. El problema radica en la carga val√≥rica que dichas met√°foras pueden conllevar a trav√©s del tipo de figuras que utilizan en reemplazo de la explicaci√≥n t√©cnica, de modo que dicho uso determina la construcci√≥n social de dicho objeto, fen√≥meno o circunstancia, moldeando no solo el entendimiento, sino las conductas de las personas. En otras palabras: debemos entender que una met√°fora no puede explicar por completo un fen√≥meno, aunque puede ayudar a comprender uno o varios aspectos del mismo. Mucho menos puede usarse una met√°fora para atribuirle carga val√≥rica a dicho fen√≥meno.
Un ejemplo com√ļn del uso de met√°foras es la acepci√≥n de ¬ęenemigo natural¬Ľ en la literatura ecol√≥gica. Esta met√°fora se utiliza para describir una amplia gama de relaciones como depredaci√≥n, parasitismo, infecci√≥n por pat√≥genos, etc. Su uso permanente para describir procesos ecol√≥gicos interaccionales diferentes implica que tal categor√≠a (¬ęenemigo natural¬Ľ) existe objetivamente en la naturaleza: el problema es que en el lenguaje com√ļn el concepto ¬ęenemigo¬Ľ se vincula a intenciones y valoraciones morales (¬ęmaldad¬Ľ, ¬ęcrueldad¬Ľ, ¬ęalevos√≠a¬Ľ, etc.), algo completamente ajeno a lo descrito por la literatura cient√≠fica (13). El par√°sito no es malvado, no da√Īa a otros seres vivos porque sea su enemigo y disfrute vi√©ndoles sufrir: el par√°sito simplemente busca sobrevivir y reproducirse.
Pero la met√°fora es una herramienta poderosa y f√°cilmente viralizable (mire ah√≠: una met√°fora sacada del mundo de lo microsc√≥pico). Es as√≠ como las bacterias y virus pudieron explicarse al ser humano: a trav√©s de las enfermedades, a trav√©s de pintura (lo invisible a trav√©s de lo visible). Los ¬ęenemigos invisibles en el aire¬Ľ fueron descritos como los ¬ęenemigos mortales de los hombres¬Ľ y, por supuesto, la respuesta esperable ante un enemigo mortal es la guerra (11).

Los microorganismos no son nuestros enemigos

Las met√°foras b√©licas albergan imprecisiones que contribuyen a la generaci√≥n de percepciones err√≥neas de las especies en el p√ļblico, adem√°s de evocar una relaci√≥n en clave militarista entre el ser humano y la naturaleza. Una de las implicancias de la utilizaci√≥n de este lenguaje para caracterizar la relaci√≥n entre el ser humano y las especies invasoras (adem√°s de que estas son consideradas per s√© el enemigo) es que la guerra supone dos bandos rivales y presume, adem√°s, que podemos enfrentarnos a ellas, cuando lo cierto es que nuestras existencias est√°n tan complejamente imbricadas, que muchas veces emergen como consecuencia de nuestros propias actividades de consumo y desplazamientos globales (14).
Como se√Īala Amy Haddad en un reciente art√≠culo, los l√≠deres escogen las guerras y lo que debemos recordar de ellas. Para ello, soslayan la complejidad de la guerra y el conflicto construyendo una nostalgia militarizada masculina y blanca basada en el sacrificio, el liderazgo y la acci√≥n. Se asume que la guerra es algo que todos entendemos y a todos nos inspira.
Una extensi√≥n de la met√°fora de la guerra es asumir que esta acabar√° con un bando ganador y uno perdedor. Pero como plantea Larson (2005) en su art√≠culo ¬ęThe war of roses¬Ľ nunca ganaremos esta guerra, ni volveremos a un ecosistema de estado inicial. Hoy es dif√≠cil poder diferenciar entre especies nativas de las no nativas, e incluso han emergido nuevas especies h√≠bridas debido al cruce de estas, por lo que es pr√°cticamente inviable tanto cient√≠fica como econ√≥micamente contener a muchas de estas especies (14).
Diversos mandatarios del planeta le han declarado la guerra al coronavirus (que ni se da por enterado). Cada vez que alguien dice: ¬ęel virus es nuestro enemigo¬Ľ o sit√ļa la aleg√≥rica y fantasiosa guerra en una ciudad determinada (¬ęLa Batalla de Santiago¬Ľ), nos minimiza como humanos. Nos degrada a un objeto b√©lico sin contexto natural o social. Nos quita complejidad, nos ¬ęmata¬Ľ en s√≠ mismo.
La guerra es el lenguaje de la desconexión. El lenguaje de guerra oculta las miserias que la misma guerra oculta, por imaginaria que sea.
Considerando la complejidad biol√≥gica, social y ecol√≥gica del planeta, determinar que existe una guerra contra un virus, es tambi√©n declararle la guerra a la naturaleza, al planeta completo. ¬ŅEs eso lo que se quiso decir?
Somos parte de la naturaleza, con o sin coronavirus. Nuevas pandemias vendr√°n. Es hora de comprender sus or√≠genes, las pr√°cticas humanas causantes y c√≥mo las enfrentaremos en el futuro. ¬ŅLo haremos desde la violencia, el imaginario b√©lico y los valores de la individualidad? ¬ŅLo haremos desde la solidaridad y los valores de la colectividad? ¬ŅLo haremos bas√°ndonos en conocimiento cient√≠fico contrastado o desde la opini√≥n de un pu√Īado de expertos incuestionables? ¬ŅLo haremos desde la humildad, reconociendo que podemos equivocarnos, o desde la prepotencia del que cree tener todas las respuestas?
Responder a estas preguntas no solo determinará el cómo viviremos esta pandemia y las que vienen, sino también el cómo se configura nuestra sociedad.

Referencias

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